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El guisante y la princesa / The pea and the princess

Updated: Jan 18, 2021

(English below)

Esta noche el viento silba...me acuerdo de esa canción "Sílbame, tu sílbame, si te encuentras en peligro, sílbame, y yo voy."

La verdad es que escuchar eso reconforta, es como la banda sonora de tu ángel de la guarda. El sonido del viento me reconforta, y cuando digo que me reconforta me refiero al espectro completo: desde suave brisa hasta ululante bramido.


Llevamos tres días con nieve y viento, y ha coincidido con un descenso personal a los abismos de la pequeñez, esta bacteria que me aqueja de vez en cuando y que en esta ocasión ha creado un vórtex sideral en mi estómago, una especie de portal hacia dimensiones desconocidas que ha ido succionando mi energía, mi confianza en lo que estoy haciendo y, sí, mi concepto de mí misma.


Así que he visto la nieve desde la ventana de mi habitación, sintiéndome arropada por el viento, mientras hablo con mis demonios.


Mis demonios se ven un poco fuera de lugar cuando los pongo sobre blanco. Los veo incómodos, se miran unos a otros sin saber qué hacer, guardando sus pequeñas zarpas peludas en los bolsillos mientras yo les invito a que me digan todo aquello que me susurraban desde negro. Porque en la oscuridad es fácil despotricar sobre mí, herir mi cuerpo, envenenarme los oídos. Pero a ver quien es capaz de hacer lo mismo cuando el foco les apunta a ellos.

Hablo con ellos y silbo.

 

La oscuridad también reconforta. Siempre me he sentido más despierta durante la noche, y a pesar de que temo al síndrome de la hibernación cerebral que afecta estas latitudes, la noche siempre me ha dado energía. Así que después de tres días de letargo autoconmiseratorio en el que sé a ciencia cierta y sin lugar a dudas que todas, absolutamente todas las personas del mundo son muchísimo mejor que yo en todos los sentidos, esta noche a las 23h 23m me ha dado el trip de ordenar los libros que ya tienen casa en la estantería. Y he encontrado un libro de viajes que me regaló un amigo hace muuuucho tiempo, antes de los iPhone, antes de tener Notes o Bear. Un libro de viajes que se inició con mi primer viaje a Londres en 1998, y cuya última anotación es Estocolmo, 2006.


He leído mis impresiones en Paris, Amsterdam, Barcelona, Madrid, Algeciras...me he acompañado de nuevo por todos esos viajes, me he puesto detrás de mis pupilas con ojos de ayer y de ahora.


Londres, 1998:

Soy apocada hasta que dejo de serlo y me convierto en un ser egoísta y sin entrañas al que le estorba todo aquél a quien se aferró en un principio. Quizás es que no soporto demasiado bien las compañías que yo misma he buscado.


Madrid, 2000:

Un viaje acompañada, con descensos nocturnos a las cimas abismales de mi devastación sentimental y con reconfortantes días de vino y risas.


Valencia, 2000:

Valencia parece algo deshabitada: demasiada ciudad para el escaso número de personas que se ve por la calle.


Nueva York, 2000:


Me encanta salir de viaje hacia una ciudad, y llegar ocho horas antes.

Me encanta alimentarme de viajes que son solo míos. Esto no lo puedo compartir: mi vida es incompartible.

Chinatown olía a pestiño, verdura y la parte agria de la basura, pero me ha encantado.


Berlin, 2001:

Pues si, Berlín me ha rechazado, tanto como mi estómago ha rechazado lo que anoche pululaba por él.[...]

Helmut Newton nos situa justo en el centro de una historia para que nos devanemos el seso tratando de averiguar qué ha pasado... cuerpos deshumanizados, trozos de carne expuestos, impersonales, imágenes impúdicas, porque no puede existir pudor en la carne sin magia. Así somos.


Amsterdam, 2001:

Visitar Amsterdam con Diego me obliga en cierta manera a materializar mi pensamientos, a darles forma sólida, en vez de permanecer en el líquido de mis neuronas.


Tokio. 2002

La ciudad en esta esquina ronronea como el dragón adormilado que es. Mañana le veremos la cara.


Coger un cuaderno y recuperar las impresiones perdidas me parece un planazo para Reykjavik.

 

Unos cuantos kilos menos y unas lágrimas de más, que diría Shakira. Así he estado estos días, escondida del mundo, aliviada en mi soledad, flagelándome por ser y por no ser, cansada de crear y de no crear, pequeña, sintiendo el peso de todo lo que no hago y todo lo que no soy. Como la princesa bajo el guisante.



 

English

The pea and the princess


Tonight the wind whistles ... I remember that song "Whistle, whistle, if you are in danger, whistle, and I'll come to you."

The truth is that listening to that is comforting, it is like the soundtrack of your guardian angel. The sound of the wind comforts me, and when I say comfort I mean the entire spectrum: from gentle breeze to howling roar.


It has been snowy and windy for three days, and the weather has matched a personal descent into the abysses of smallness, this bacteria that afflicts me from time to time creating a sidereal vortex in my stomach, a kind of portal to unknown dimensions that have been sucking my energy, my confidence in what I am doing and, yes, my concept of myself.


So I have seen the snow from my bedroom, feeling wrapped in the wind, while I talk to my demons.


My demons look a bit out of place when I put them on white. I see they are uncomfortable, they look at each other without knowing what to do, keeping their little hairy claws in their pockets while I invite them to tell me everything they were whispering from black. In the dark it's easy to rant about me, hurt my body, poison my ears. But who is capable of doing the same when the spotlight is on them?

I talk to them and I whistle.


 

The darkness is also comforting. I have always felt more awake at night, and although I fear the brain hibernation syndrome that affects these latitudes, the night has always given me energy. So after three days of self-pitying lethargy in which I know for sure and without a doubt that every person in the world is much better than me in every way, tonight at 23:23 pm I went into a bursting need to sort the books on the shelves. And I found a travel book that a friend gave me a loooong time ago, before iPhones, before I had Notes or Bear. A travel book that began with my first trip to London in 1998, and whose last entry is Stockholm, 2006.


I have read my impressions in Paris, Amsterdam, Barcelona, ​​Madrid, Algeciras ... I have accompanied myself again on all those trips, I have put myself behind my pupils with eyes of yesterday and now.


London, 1998: I am shy until I am not and then I become a selfish and soulless being who is hindered by everyone I was initially pursuing. Maybe I can't stand so well the company of people I myself have reached for.


Madrid, 2000: An accompanied trip, with nightly descents to the abysmal peaks of my sentimental devastation and with comforting days of wine and laughter.


Valencia, 2000: Valencia seems somewhat uninhabited: too much city for too few people.


New York, 2000: I love travelling to a city I arrive eight hours before departing. [...] I love feeding on trips that are only mine, not to be shared: my life is unshareable. [...] Chinatown smelled of pestiño, vegetables and the sour part of garbage, but I loved it.


Berlin, 2001: Well, yes, Berlin has rejected me, as much as my stomach has rejected what was swarming through it last night. [...] Helmut Newton places us right at the center of a story so that we try to find out what happened ... dehumanised bodies, impersonal pieces of meat exposed, unchaste images, because shame cannot exist in the flesh if there is no magic. This is how we are.


Amsterdam, 2001: Visiting Amsterdam with Diego pushes me to materialise my thoughts, to give them a solid form, instead of staying in the fluid of my braincells.


Tokyo 2002: The city on this corner purrs like the sleepy dragon that it is. Tomorrow we will see his face.


Taking a notebook and recovering the lost prints seems like a great plan for Reykjavik.


A few kilos less and a few more tears, as Shakira would say. This is how I have been these days, hidden from the world, relieved in my loneliness, flagellating myself for being and for not being, tired of creating and not creating, small, feeling the weight of everything I don't do and everything I am not. Like the princess under the pea.


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