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Escritos de cafés

Cualquier sitio es bueno para escribir cuando todas las capas de tu piel están volviendo a la vida gracias a una transfusión de café.


Hace tiempo que no llevo un cuaderno conmigo "por si acaso" y esto revela algo profundo y aterrador: que he descuidado la observación externa e interna que ocurre cuando te sientas en un café, la observación escrita en servilletas, en tickets de compra, en cuadernos al uso y como en este caso, en el reverso de mi cita medica para mañana.


El frío del paseo por Reykjavik te deja como anonadado, un estado de KO consciente en el que tu cerebro se congela vibrando y tus neuronas se ralentizan a cada paso que das, como si a las pobres también les costara mover las dendritas.


El silencio ensordecedor de fuera de ti esta acotado por las montañas de la bahía, que esponjan y alejan cualquier sonido, así que sólo te queda observar, observar tu cerebro lento que zumba al mismo tiempo, observar tu epidermis fría y tus órganos calientes, observar cómo el silencio penetra en tu pecho y en tu cabeza.


Y así llegamos a esta vibración callada, a esta esponja que trepida sobre tu cabeza, a esta red eléctrica de líneas rectas, a todas las palabras escritas una tarde de domingo en un café cualquiera con la materia gris de mis dedos.

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